LUX: La ilusión de la novedad y el oficio de la síntesis

La recepción de LUX ha sido exagerada. No me malinterpreten: estamos ante un trabajo sólido, ejecutado con una precisión técnica envidiable. Sin embargo, el entusiasmo desbordado que ha recibido que lo tilda como una reinvención de la rueda me parece, al menos, una exageración.

Lo que ocurre es un problema de perspectiva. Para un público que habita exclusivamente en los ecosistemas del pop mainstream, LUX aterriza como un objeto alienígena, una extravaganza de innovación radical. Pero para quienes llevamos décadas construyendo una biblioteca mental ecléctica que va desde Chopin, a Metallica y a Kanye West en la misma estantería la sorpresa se diluye.

La "novedad", a fin de cuentas, depende enteramente de la profundidad del archivo del oyente. Cuando uno ha transitado los paisajes sonoros de Björk, por ejemplo, lo que Rosalía presenta hoy pierde ese brillo de lo inédito. Esa colisión de texturas orquestales, electrónica industrial y voces viscerales ya la vivimos hace dos décadas con Vespertine o Homogenic. Para el oído entrenado, este disco no es el descubrimiento de un nuevo continente, sino una visita técnica a un territorio ya cartografiado.

Dicho esto, sería injusto restarle mérito. Al contrario: hay un valor innegable aquí, pero no reside en la invención, sino en la traducción.

Se suele decir con ligereza que "los grandes artistas copian y los genios roban". Yo prefiero verlo de otro modo: los genios sintetizan. El triunfo de Rosalía no es ser la primera en llegar a este sonido, sino su capacidad de actuar como una interfaz cultural de alto nivel. Toma un lenguaje complejo, vanguardista y potencialmente alienante, y lo decodifica para una generación que quizás nunca tuvo acceso a esas referencias originales. Y lo hace inyectándole una identidad propia, esa esencia hispana que evita que el resultado suene a una réplica deslavada de sus ídolos anglosajones.

Incluso el componente visual, con esa estética maximalista de religiosidad pop, cumple una función precisa. Aunque en el cine suelo ser escéptico cuando la forma devora a la narrativa, en la música actual la imagen no es un accesorio, es el vehículo. Es la manera de "empaquetar" una idea sonora para que viaje en un mundo visual. Es, en su esencia, una negociación exitosa con la atención del público.

En definitiva, LUX es un buen disco. No porque esté inventando el futuro de la música desde cero, sino porque demuestra una inteligencia aguda para curar el pasado. Es una obra de gran arquitectura más que de ingeniería básica; un triunfo de la curaduría y la síntesis, en un mundo donde saber mezclar referencias es, quizás, la forma más moderna de crear.